
18 de julio de 2010
Muchas veces me han preguntado si no extraño mi vida de militar activo. He llegado a pensar que lo hacen con aquella extraña curiosidad cuasi morbosa con que algunos prójimos escudriñan en la vida ajena, tratando de encontrar “aquello” que les permita la consecuente exclamación silenciosa: “¡pobre!, se ve que está pasando mal….”
Lamento no fomentar esa condición: soy de los que creen que la vida es una corriente que siempre lleva hacia adelante, sin saber qué espera detrás del próximo recodo.
El tramo recorrido prepara para lo que viene y la corriente que dejamos atrás siempre nos entrega el sedimento que caracteriza al agua en que ahora navegamos.
Me adhiero a la afirmación de que en cualquier etapa de la vida, lo que somos es el Hombre más las circunstancias que nos llevaron hasta esa situación.
Desaparecidas esas circunstancias, queda el Hombre y la experiencia que ha obtenido.
Así es con los cargos que se desempeñan a lo largo de nuestra carrera profesional: cumplidos éstos, volvemos a nuestra esencia, enriquecidos en el espíritu y prestos para lo que venga.
Aún así, muchas veces la incapacidad de ver que los oropeles de los altos cargos públicos vienen con el propio cargo y no por la persona que los ocupa, es lo que desequilibra al inadvertido cuando aquel se termina.
Pero la realidad es que cuando se cumple el ciclo en activo, lo correcto es que cada uno se encuentre guarnecido por aquellas cualidades inherentes a su propia persona, desarrolladas desde su cuna y que le otorgan su real valor frente a los demás.
Es por este motivo que aquella pregunta inicial me parece ociosa: Hay tanta riqueza y variedad en la vida cotidiana que es pérdida de tiempo quedarse en el solo recuerdo de la vida pasada.
No quiero decir que no es necesaria la memoria de lo vivido. Al contrario, resulta fundamental para tener una base sólida que nos distinga de otros individuos y a todo el colectivo social, de otras sociedades.
Así se construye la Historia. Ya sea de una familia, de una colectividad, de una institución social o de una Nación: sobre la base de experiencias vividas y reconocidas como comunes para todo el grupo referido.
Esto no quita que el saber ubicarse dentro de cada situación, aportando lo que cada uno “es” y no esperando otras distinciones que aquellas emanadas de su propia persona, es factor esencial para una correcta y saludable posición ante la vida.
Por ello es que no extraño mi vida de militar en actividad. Y además sé que el militar lo es para siempre, hasta su muerte. Porque lo que él representa, lo hace en función de un único juramento pronunciado en presencia de sus pares y de sus superiores. Y un juramento no tiene límite de tiempo: no se jura “hasta que me retire”. Solo el destino final natural del Ser Humano, dará por cumplido aquel acto inicial de su profesión. Ya no será a sus iguales que tendrá que rendir cuenta de sus actos. Lo hará ante su Creador. Y ahí estará más solo que nunca, su alma desnuda; si es el caso, sin los falsos brillos con que algún día lo cubrieron, o las falsas culpas con que otros hombres lo acusaron. Luciendo, ahora definitivamente, las cualidades, buenas y malas, intrínsecas a su propia, única y excluyente persona.
¿Y el 18 de Julio? ¿Para cuando?
Es que todo lo humano está en concordancia. Así, aquellos patriotas que se dieron y nos legaron las bases sociales sobre las cuales se edificaría nuestra Nación, eran gente común, del pueblo, que vivieron con pasión lo que su tiempo le exigió a cada uno. Y cumplidas las formalidades de sus cargos, se reintegraron a la vida cívica, cada uno en su rol.
Y así ha sido desde entonces hasta ahora en nuestra patria. Cumplido su ciclo, los protagonistas pierden su papel de tales y vuelven a la sociedad que los había distinguido.
Tal vez sea esta certeza republicana la que muchas veces es olvidada por los que circunstancialmente rigen los destinos del País. Y por eso aparentan considerar que sus decisiones son el “non plus ultra” y que fijarán definitivamente el destino de sus humildes compatriotas, sin posibilidad de ser revocadas por la gente común a la que parecieran a veces menoscabar. Como si con ellos se hubiera llegado al “desiderátum” político, para el cual no hay alternativas, de tan excelsos que son.
O creyendo tal vez que sus opiniones frente a los hechos sociales que pautan una nación, son LA VERDAD como si revelaciones celestiales se trataran.
Cuando los Orientales se dieron la Constitución que los definió como Estado Nación, no tenían ninguna certeza de continuidad, tal era la situación política imperante en el Plata. Su pensamiento, pese a lo que opinen algunos historiadores que acostumbran juzgar aquellos hechos con criterios de siglos posteriores, estaba fijado en el futuro de sus compatriotas, actuando con criterios nacionales y no sectoristas, ni que decir sin ideas internacionalistas.
Así lograron que todos los Orientales se sintieran tales, aún enfrentados unos a otros en luchas fratricidas.
Reconociéndose entre ellos como hermanos, aunque circunstancialmente la guerra civil los separase.
Y así pudo nuestra Nación sobrevivir pese a todos los avatares que hubo hasta nuestros días.
Por todas estas disquisiciones es que no se comprende como se puede pensar que, si todavía se pregona aquel espíritu de 1830, se fomente la división entre la ciudadanía. Se adopten medidas particularizadas, en las que cada uno defiende lo suyo, sin importar si molesta o menoscaba a los demás.
No se comprende que el Uruguay es uno solo y que no resiste análisis alguno el hecho de que el progreso de unos signifique la postergación de otros. Que esto concluye en diferencias tales que hacen inviable cualquier proyecto. Y que así no hay futuro halagüeño alguno.
No me voy a referir a ningún otro sector de la sociedad, pese a que en todos hay ejemplos de lo dicho, más que al que nos toca directamente a todos los que pertenecemos al ámbito castrense.
El 18 de julio es además una fecha que todos los integrantes del Ejército celebramos por un motivo agregado: el día de una de nuestras Armas más gloriosas y sacrificadas, la gloriosa Infantería.
Ese día del año 1866, el Coronel León De Palleja muere en combate al frente de sus soldados en el campo de batalla de Boquerón del Sauce durante la Guerra de la Triple Alianza.
Su tropa formada le rinde honores póstumos, bajo fuego enemigo.
Una muestra del coraje Oriental, que asombró a los bravos paraguayos, también ellos de valor sin par. Que sería reeditada por el Batallón Florida, protagonista de aquellos heroicos hechos, en cuanta oportunidad se le exigiera desde entonces. Baste referir al caso, durante la guerra antisubversiva, de su brillante toma de la Cárcel del Pueblo, así llamada curiosamente por los terroristas que entonces atacaban casualmente a ese mismo Pueblo, liberando ilesos a los allí secuestrados.
Rememorando aquel lejano combate de 1866 y los gloriosos hechos acaecidos en su entorno, las Armas del Ejército, que sienten propias las tradiciones de todas ellas, saludan este día a todos los Infantes, reconociendo aún en ellos a aquellos humildes y anónimos soldados que arriesgaron su vida para honrar a su Jefe caído a su frente.
Para los Infantes es vital vivir en función de los demás. Del camarada a nuestro lado depende nuestra supervivencia en combate. Con humildad, somos realistas al decir que nadie sabe más que nosotros de relaciones humanas, pues en ello nos va a veces la vida, lo más preciado.
Por eso he dejado para lo último, en este día de recuerdos, el reclamo insistente que surge desde lo más profundo de nuestras fibras orientales: ¡Libertad para nuestros presos políticos, ya!
A estos camaradas es que va mi último pensamiento en esta fecha, a cada uno y especialmente a los Infantes.
Todos ellos, aquí y en el extranjero, deben ser liberados y reintegrados a sus familias. Como se ha dicho hasta el cansancio, nada hicieron más que aquello que les exigía el destino militar que el Superior de entonces les confirió, en el marco de la defensa nacional, en una situación geo-política particular, la Patria enfrentada a una agresión encubierta y confusa, pero igualmente destructora de sus bases constitutivas.
Todo lo que no sea libertad inmediata, tiene un insoportable tufillo a venganza y sobre la venganza, nada bueno se puede construir.
Si no les basta a los vencidos de aquel entonces, en una guerra por ellos provocada, las dos ocasiones en que el cuerpo electoral ratificó la Ley de Caducidad, demostrando su espíritu de no mirar hacia el pasado, por lo menos actúen con ecuánime decencia y, admitiendo que aún hay ex-terroristas que nunca han pisado una sala de justicia por delitos cometidos en el pasado y totalmente demostrables, arbitren las medidas finales para asegurar ¡ironías de la vida! los mismos derechos a los viejos defensores del Estado que a los que entonces lo atacaron.
Finalmente y tomando prestada en forma excepcional una de las frases del General San Martín, cuyo recuerdo también veneramos en nuestro país, recuérdese que:
"Cuando la patria esta en peligro, todo esta permitido, excepto, no defenderla"
Hacemos votos para que se tenga en cuenta esta máxima, que fue la que, hasta inconcientemente, estaba en el pensamiento de todos los viejos combatientes contra la guerrilla tupamara que asoló nuestro país en el pasado.
Si así sucede, los Orientales repetiremos la vieja consigna histórica: “ni vencedores ni vencidos”
Si es así, veremos al fin a nuestros camaradas en el seno de sus familias.
Y sabremos reconocernos todos los Orientales en la legión de aquellos a que me refería al principio, los que cumplen su misión sin pedir nada a cambio, con la mira puesta en el futuro, ansiosos de vivir una vida de servicios como uno más entre los iguales.
Si no lo es, el enfrentamiento seguirá sin fin terrenal alguno, para desdicha de todos. Dios y la Virgen de los Treinta y Tres no lo permitan.
Minas, Julio de 2010
Coronel Horacio Fantoni
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